El enorme poder de una caja de Petri
Marissa Valdivia Cabrera
Nací en Inglaterra, un país lejano a nuestro México, un lugar que mis padres eligieron para perseguir sus propias metas académicas: mi mamá una maestría y mi papá un doctorado. Dos años después, regresamos a radicar a Cuernavaca, Morelos, la ciudad donde crecí y que siempre sentiré como mi casa (Figura 1). Desde muy pequeña, escuchaba en casa conversaciones sobre ciencia y academia; aunque no comprendía del todo lo que significaba dedicar la vida a ello, de alguna forma ya estaba inmersa en ese mundo. Hoy, al mirar atrás, no puedo evitar pensar en lo curioso del destino: sin saberlo, años más tarde regresaría al Reino Unido para construir mi propio camino. Esta vez, me tocaba a mí continuar en el mundo de la ciencia y la investigación.

Figura 1. Mis primeros años cursando la primaria en la ciudad de Cuernavaca, Morelos.
Quisiera contarles cómo comenzó todo, y cómo algo tan simple como una caja de Petri dejó una huella profunda en mi vida.
Crecí rodeada de estímulos que despertaban mi curiosidad. En casa siempre hubo libros, juegos y conversaciones que invitaban a pensar. Desde pequeña fui una niña curiosa, de esas que no dejan de preguntar “¿por qué?”. Mi mamá, al notar ese interés, comenzó a regalarme libros de ciencia: enciclopedias ilustradas, libros de experimentos y textos sobre la naturaleza y los animales. Ella misma recuerda que, cuando me leía, yo interrumpía constantemente para hacer preguntas. Mi papá, por su parte, llevó a casa una computadora Macintosh, y yo pasaba horas explorando juegos que me enseñaban a observar, resolver problemas y experimentar de forma interactiva (Figura 2).

Figura 2. Explorando mi curiosidad desde pequeña, aprendiendo a observar y experimentar con la primera computadora de la familia.
Todo eso fue sembrando algo en mí, aunque en ese momento no lo entendía del todo.
El momento que marcó un antes y un después llegó en cuarto de primaria. Nos anunciaron que tendríamos una charla especial en el auditorio del colegio “Hamilton”. Recuerdo perfectamente ese espacio: las cortinas rojas, el eco de las voces y ese ligero olor a humedad que, de alguna forma, hacía el momento aún más memorable. Ese día, el Dr. Enrique Galindo nos habló de un mundo invisible: el de los microorganismos. Escuché con atención cada palabra. Descubrí que no todos los microbios eran dañinos; al contrario, muchos eran fundamentales para la vida en la Tierra. Estaban en todas partes: en el aire, en el suelo, en nuestro cuerpo.
Pero lo que más recuerdo y resuena en mi memoria no solo fue la charla.
Al final, nos entregaron una caja de Petri con un medio de cultivo. La instrucción era sencilla: colocarla en algún lugar de nuestra casa donde creyéramos que había muchos microorganismos, observarla durante una semana y anotar cualquier cambio.
Esa pequeña tarea se convirtió en una misión personal. Después de pensarlo, decidí colocar mi caja dentro del clóset, cerca de mis zapatos. Me parecía un lugar perfecto; quería comprobar si esos microorganismos tenían algo que ver con el característico olor a “queso”. Durante varios días la revisé con paciencia, entre emoción y duda. Al principio no pasaba nada, y empecé a pensar que quizá había elegido mal. Hasta que un día, al regresar de la escuela, corrí como siempre a revisarla… y ahí estaban.
Pequeñas colonias habían comenzado a crecer sobre la superficie. Algunas eran blancas, otras amarillas, y algunas tenían tonos más oscuros. Eran diminutas, pero claramente visibles. Sentí una emoción inmensa y salí corriendo a avisarle a mi mamá: ¡Mami, mami, están creciendo!
Ese momento fue decisivo. No solo porque observé algo nuevo, sino porque entendí que yo había sido parte del proceso. Yo había hecho la pregunta, había diseñado el experimento, aunque fuera de forma muy simple, y había obtenido un resultado. Sin darme cuenta, había dado mi primer paso como científica.
Con el tiempo, esa experiencia quedó guardada en mi memoria, pero nunca desapareció. A lo largo de la secundaria y la preparatoria, mis materias favoritas siempre estuvieron relacionadas con la biología y las matemáticas. Me fascinaban los procesos invisibles: cómo funcionan las células, cómo responden las plantas a su entorno, cómo interactúan los organismos.
Cuando llegué a la preparatoria y tomé la materia de Investigación de Proyectos, decidí buscar y ponerme de nuevo en contacto con el Dr. Galindo. Así regresé, ahora con más herramientas, a ese mundo microscópico que tanto me había marcado. Juntos utilizamos la bacteria Bacillus subtilis para inocular plantas de jazmín y observar su crecimiento. ¡Fue increíble ver cómo esta bacteria ayudó a incrementar la biomasa de las hojas y flores! Ese proyecto nos valió un reconocimiento y, para mí, confirmó algo mucho más importante.
Ahí supe que quería dedicarme a la biotecnología.
Estudié Ingeniería en Biotecnología, lo que me llevó a mudarme de Cuernavaca a la ciudad de Monterrey. Fue una etapa de crecimiento personal y académico, donde confirmé que la biotecnología no solo es fascinante, sino esencial para enfrentar los retos del futuro (Figura 3).

Figura 3. Experimentando con microorganismos en la carrera de Ingeniería en Biotecnología.
Años después, regresé al Reino Unido, ahora al país de Escocia. Realicé una maestría en Bionegocios en la Universidad de Aberdeen, donde comprendí que la ciencia no termina en el laboratorio. Aprendí cómo una idea científica puede transformarse en soluciones reales: desde tecnologías agrícolas, la creación de medicinas, entre otras innovaciones que impactan la vida cotidiana. Entendí la importancia de conectar la investigación con la sociedad, de llevar el conocimiento más allá del experimento.
Posteriormente, obtuve mi doctorado en la Universidad de Edimburgo, enfocándome en biotecnología vegetal, bajo la tutela de la Dra. Karen Halliday (Figura 4). Durante este periodo trabajé con proteínas que permiten a las plantas detectar la luz, conocidas como fotorreceptores, específicamente los fitocromos. Mi investigación se centró en entender cómo estas proteínas regulan procesos internos que afectan el crecimiento y la productividad.

Figura 4. Graduándome del doctorado de la Universidad de Edimburgo en Escocia en junio 2024 (izquierda). Diploma de doctorado otorgado por la Escuela de Biología de la Universidad de Edimburgo (derecha).
En términos simples, buscamos responder una pregunta clave: ¿cómo lograr que las plantas crezcan mejor, produzcan más y se adapten a condiciones ambientales cambiantes?
Actualmente, como investigadora postdoctoral, continúo explorando estos mecanismos. Estudio cómo las plantas perciben su entorno y ajustan su desarrollo en función de la luz disponible (Figura 5). Este conocimiento es esencial para la agricultura moderna, especialmente en escenarios donde los cultivos crecen muy juntos y generan sombra entre sí, lo que puede afectar su rendimiento. Comprender estos procesos nos permite pensar en estrategias para optimizar la producción, incluso frente al cambio climático.

Figura 5. Investigando cómo la luz influye en el crecimiento de plantas de Arabidopsis thaliana, en el Instituto de Biología Molecular en Plantas de la Universidad de Edimburgo.
Pero mi historia no solo se ha desarrollado en el laboratorio.
Hace un año me convertí en mamá por primera vez. Mi hija nació en Edimburgo, en la misma ciudad donde he construido gran parte de mi carrera profesional. Esta nueva etapa ha transformado mi perspectiva de muchas maneras. Ahora, una de mis mayores motivaciones es mostrarle que una mujer, una madre, también puede ser científica; que con esfuerzo, curiosidad y dedicación es posible llegar lejos.
Quiero que crezca viendo que la ciencia no es algo distante, sino una aventura accesible, llena de preguntas, descubrimientos y oportunidades.
Al final, todo regresa a esa caja de Petri.
Aquel experimento sencillo no solo me permitió observar un mundo invisible, sino que me enseñó a hacer algo aún más importante: hacer preguntas y atreverme a buscar respuestas. Me mostró que la ciencia no empieza con respuestas complejas, sino con la curiosidad más simple.
Hoy entiendo que ese momento no fue casualidad. Fue el inicio de una forma de ver el mundo.
Como lectura recomendada para quienes quieran adentrarse aún más en este universo invisible, sugiero el artículo “Por fortuna existen los microbios” del Dr. Caballero, disponible en: https://acmor.org/articulos-anteriores/por-fortuna-existen-los-microbios y el libro “Los cazadores de microbios”, de Paul de Kruif, una obra que relata de manera fascinante la vida y obra de algunos de los científicos más importantes del mundo microscópico.
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ANEXO
Sección “Ciencia en Movimiento, del artículo al laboratorio”
En este artículo, iniciamos esta nueva sección, un espacio donde las y los autores compartirán herramientas y propuestas experimentales sencillas para explorar conceptos de la Biotecnología, ya sea en casa con materiales accesibles, o en el laboratorio. La idea es abrir un espacio donde la curiosidad se convierta en experiencia y el conocimiento cobre vida a través de la observación y la práctica.
Observación experimental de microorganismos
Por Enrique Galindo Fentanes
Como punto de partida para explorar el mundo microbiano, se propone el siguiente ejercicio de observación experimental.
A cada participante se le proporciona una caja de Petri, la cual contiene un medio propicio para el crecimiento de microorganismos, al cual se le agregó agar (un gel) para tenerlo en forma sólida. Debe ser preparado bajo condiciones estériles. En estas condiciones, mientras la caja permanezca cerrada, la probabilidad de crecimiento microbiano es muy baja.
El objetivo es que el estudiante diseñe y lleve a cabo un experimento sencillo que pueda ser desarrollado con el material proporcionado, donde documente sus observaciones mediante apuntes y fotos, y analice los resultados obtenidos.
Diseño experimental
El experimento puede adaptarse a distintas preguntas, por ejemplo: ¿qué cantidad de microorganismos hay en el aire de un espacio determinado?, ¿cómo difieren entre superficies?, ¿qué condiciones favorecen su crecimiento? Una vez definida la estrategia, se puede proceder de dos formas:
- Exponer la caja abierta durante 1–2 horas para capturar microorganismos del ambiente.
- Poner en contacto el agar con superficies, objetos o fluidos específicos.
Incubación y seguimiento
Después de la exposición:
- Cerrar la caja y sellarla con cinta adhesiva.
- Mantenerla en condiciones templadas (por ejemplo, cerca de una fuente de calor suave, como la parte posterior de un refrigerador).
- Incubar durante 2 a 5 días, siempre con el agar orientado hacia arriba.
- Evitar la exposición directa a la luz solar.
Se recomienda observar la caja al menos una vez al día y registrar los cambios, idealmente mediante fotografías (Figura 6), para documentar la aparición y evolución de colonias microbianas.
Si se desea ralentizar el crecimiento, la caja puede colocarse temporalmente en refrigeración (sin congelar).
Manejo y disposición final
Al finalizar el experimento:
- Añadir una pequeña cantidad de solución de cloro (blanqueador) dentro de la caja.
- Sellarla completamente con cinta adhesiva.
- Desecharla de manera segura en la basura.
Recomendaciones generales
- Mantener la caja refrigerada mientras no se utilice (sin congelar).
- Manipularla con cuidado y evitar abrirla una vez iniciado el crecimiento microbiano.

Figura 6. Resultados obtenidos en un experimento donde se comparó la presencia de microorganismos en dos superficies distintas: a) escritorio y b) locker escolar.
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Acerca de los autores
Marissa Valdivia Cabrera es ingeniera en biotecnología por el Tecnológico de Monterrey. Realizó una maestría en Bionegocios y Ciencias Médicas en la Universidad de Aberdeen y obtuvo su doctorado en la Universidad de Edimburgo, donde se especializó en biología molecular y genética de plantas. Actualmente es investigadora postdoctoral en la Universidad de Edimburgo, enfocándose en el estudio de fotorreceptores y su papel en el crecimiento vegetal bajo condiciones de sombra. Su trabajo busca contribuir al desarrollo de cultivos más eficientes frente a los retos del cambio climático. A lo largo de su trayectoria, ha participado en proyectos de investigación internacionales, cuenta con publicaciones científicas en el área de biotecnología y ha sido reconocida con premios por presentaciones científicas. Además, ha desarrollado experiencia en docencia, consultoría en ciencias de la vida y liderazgo académico.
Contacto: marissa.valdivia@ed.ac.uk