Federico Sánchez Rodríguez: una vida descifrando la historia de amor entre una bacteria y la raíz de una planta
Eunice Alejandra Zayas Del Moral, Nayeli Sánchez Guevara y Yoloxochitl Sánchez Guevara
El 26 de diciembre de 1950 nace en México, Federico Esteban Sánchez Rodríguez, quien fuese investigador y jefe del Departamento de Biología Molecular de Plantas del Instituto de Biotecnología de la UNAM. El 4 de abril de 2026, se cumplieron diez años de su fallecimiento (Figura 1).

Figura 1. Federico rodeado de plantas de frijol en el invernadero del Instituto de Biotecnología de la UNAM.
Para recordar a este gran científico, maestro, cómplice, asesor y tutor, buscamos objetos tangibles para perpetuar su legado académico que sigue presente, tanto como la historia de amor entre una bacteria y la raíz de una planta que descifró mediante su investigación. ¿Acaso una banca con cimientos sólidos, un seminario con su nombre, una obra de arte en su honor, un artículo a manera de reseña o un árbol que nos cobije, bastarían para traer a nuestra memoria la incansable y espontánea alegría de un apasionado de las plantas?
¿Cómo rendir homenaje a quien, a lo largo de su vida, sostuvo ideas, compartió experiencias, corrió maratones, persiguió sueños, imaginó hasta el cansancio y convirtió carbón en diamantes, siempre con una sonrisa que reflejaba su pasión por la ciencia? La misión de encontrar algo que nos recordara su legado fue retadora; tal vez más que esas historias que Federico lograba construir en torno a cada tema científico con su característica sabiduría. Te contamos su camino en la investigación y, de paso, cómo funciona la fijación biológica del nitrógeno.
¿Una banca con su nombre en el jardín? Preguntas bajo la tierra
Todos los organismos requerimos nitrógeno, elemento fundamental para construir las estructuras de nuestras células. Este gas es el más abundante en la atmósfera y pocos son los organismos que pueden utilizarlo tal como está en el aire; primero tiene que convertirse en moléculas como el amonio que ya podemos asimilar.
En el suelo habita una familia de bacterias llamada Rhizobiacea que son atraídas a las raíces de las plantas leguminosas como Phaseolus vulgaris —el frijol común que los mexicanos solemos comer “en caldito”—, para establecer un intercambio de señales químicas, como en una conversación. Algunas de estas bacterias logran “convencer” a la planta de permitir su entrada en las raíces y, a través de un hilo de infección, llegan a una zona donde se multiplican y dan origen a un nuevo órgano: el nódulo (Figura 2).

Figura 2. Enamoramiento entre la planta leguminosa y la bacteria Rhizobium. (Imagen generada por las autoras con Gemini IA).
Dentro del nódulo, bacterias como Rhizobium tropici realizan reacciones que transforman el nitrógeno de la atmósfera en compuestos que las plantas pueden utilizar. Este proceso se conoce como fijación biológica del nitrógeno, y a la relación mutuamente beneficiosa que establecen las bacterias con las leguminosas se denomina simbiosis. Gracias a esta asociación, estas plantas pueden llevar a cabo sus funciones vitales sin necesidad de abonos químicos.
Este proceso llamó la atención de grupos de investigación de universidades de varias partes del mundo, incluyendo a la UNAM. A principios de los años ochenta, investigadores empezaron a entender el proceso de la fijación biológica del nitrógeno. Uno de éstos intrépidos, fue Federico.
¿Una charla académica con su nombre? El científico que quiso entender un diálogo
Desde pequeño Federico experimentaba con plantas y con todo lo que llamara su atención. Estudió la licenciatura en la Facultad de Química de la UNAM en 1975, definiéndose como un químico vulgaris pero que entendía las bases moleculares de la vida. Como estudiante, estuvo rodeado de amigos y música de protesta que hacían cambiar paradigmas. Inspirado en sus maestros encontró la conexión entre arte y ciencia, entendió que responder preguntas nace del impulso creativo y descubrió que trabajar en un laboratorio era como jugar.
Cuando escribía su tesis de licenciatura, conoció al primer genetista molecular de México: el Dr. Francisco Bolívar —director fundador del Centro de Investigación sobre Ingeniería Genética y Biotecnología (1982) ahora Instituto de Biotecnología de la UNAM (IBt)—. Su curiosidad llevó a preguntarle ¿Qué es eso de la genética? y el Dr. Bolívar ya no lo dejó salir del laboratorio; lo convirtió en su ayudante. Y así fueron sus inicios en la investigación de manera más formal.
Estudió la Maestría y el Doctorado en Investigación Biomédica Básica en la UNAM, recibiendo mención honorífica y medallas por ser un alumno destacado. Al principio de su vida académica estudió cómo los microorganismos procesan el nitrógeno usando como modelo al hongo Neurospora crassa (conocido como el hongo rojo del pan).
Más tarde realizó una estancia posdoctoral en el Departamento de Bioquímica y Biofísica de la Universidad de California en San Francisco donde investigó aspectos importantes de la biología celular de la mosca Drosophila melanogaster (la mosquita de la fruta) y trabajó con actina y tubulina. Estas dos proteínas conforman el citoesqueleto, una estructura sorprendente al interior de la célula eucariota, que teje una red rígida, pero a la vez elástica, gracias al dinamismo de estas proteínas, fenómeno al que llamamos “tensegridad”. Al ensamblarse y desensamblarse, mantienen la arquitectura de la célula, el transporte y la comunicación, usando la fuerza mecánica para transmitir señales al interior y entre células (Figura 3). Al regresar a México, Federico seguiría trabajando con estas proteínas, que son importantes para la comunicación entre la planta y la bacteria y permiten que se forme el nódulo simbiótico (Figura 2).
En 1981, llegó al recién fundado Centro de Investigación sobre Fijación del Nitrógeno (CIFN) —ahora Centro de Ciencias Genómicas— de la UNAM. Ahí se incorporó al estudio del fenómeno que marcaría el resto de su vida: la fijación biológica del nitrógeno en el modelo simbiótico Phaseolus-Rhizobium. A esta relación que él mismo llamaba “la historia de amor entre una bacteria y la raíz de una planta”.

Figura 3. Federico Sánchez Rodríguez, investigador pionero en el estudio de la red que da estructura a la célula, el citoesqueleto. Se representa la interconexión entre los filamentos de proteínas: la actina en azul y los microtúbulos en rojo (Imagen modificada por las autoras con Gemini AI).
¿Una obra de arte que represente su trabajo? Descifrando el diálogo molecular
Para Federico, estudiar el lenguaje con el que se comunican plantas y bacterias fue siempre apasionante. Durante cuatro décadas construyó un trabajo sólido: escribió capítulos de libros, textos de divulgación y artículos que fueron citados (esto es, se usaron como referencias en otras publicaciones científicas) miles de veces; en éstos, comunicó el trabajo que hizo sobre lo importante que es el citoesqueleto vegetal y su relación con las bacterias que fijan nitrógeno; contribuyó de manera decisiva a describir este proceso desde las primeras etapas cuando empieza el encuentro entre bacterias y las leguminosas, algo que hizo en colaboración con otros investigadores tanto de México como del extranjero.
Su grupo de trabajo se había mudado al IBt en 1991. Ahí siguió investigando sobre la planta de frijol y las proteínas involucradas en la fijación de nitrógeno y el diálogo molecular con Rhizobium.
Una de sus contribuciones fue identificar genes y proteínas (llamadas nodulinas) que se activan de manera especial y que participan en funciones relacionadas con la estructura y metabolismo del nódulo. Dicho de forma simple, se buscaba entender cómo la comunicación entre la bacteria y la planta permite construir ese órgano tan importante para la fijación de nitrógeno.
Federico y su equipo fueron de los primeros en descubrir que, al modificar la información genética en el frijol, podían entender mejor cómo funcionan ciertos genes y qué papel juegan en la planta. Algo que hoy, con toda la información genómica y la tecnología que tenemos se puede hacer en pocos días; en esa época podía tomar meses, entonces ¡fue toda una proeza! (Figura 4).

Figura 4. Federico siempre sonriente al experimentar en el laboratorio
Uno de sus aportes más relevantes fue encontrar una manera práctica de introducir ADN nuevo en plantas de frijol. Para lograrlo se usó como transportador de la información genética que se quiere introducir, una bacteria llamada Agrobacterium rhizogenes, que al infectar las células provoca la aparición de ‘raíces peludas’, cuyos núcleos ahora tienen el nuevo fragmento de ADN que le transfirió la bacteria. Aunque el cambio ocurre sólo en las raíces, este método abrió la puerta a estudiar cómo funcionan los genes del frijol: se pueden apagar o encender y observar qué efectos tienen, lo que ayuda a entender mejor su papel en toda la planta. Además, al infectar las raíces con Rhizobium se puede explorar el efecto que tiene en la nodulación.
Federico trabajó siempre en colaboración con grupos nacionales y extranjeros, compartiendo e intercambiando ideas, técnicas y materiales. Uno de sus trabajos más importantes fue participar en el proyecto que logró leer el “manual genético” (secuencia del genoma) del frijol. Con propuestas de métodos y exhaustivos análisis ayudó a descifrar la secuencia completa del ADN de esta planta tan esencial en nuestra alimentación, lo que permite entender mejor cómo funciona.
¿Un artículo de su trayectoria académica? Más allá de las publicaciones: formar nuevas generaciones
Cuando alguna vez le preguntaron ¿Qué harías si pudieras reunir a todos tus estudiantes? —¡Un baile!— contestó con prisa y sin dudarlo. Para Federico la colaboración y el trabajo en equipo eran fundamentales. Tenerle como docente fue una lección de vida. Dirigió más de una decena de tesis de licenciatura y más de treinta tesis de posgrado en áreas como biomedicina y biología.
Impartió clases a nivel nacional e internacional, en licenciatura y posgrado. En 2003, fue fundador y docente de la Licenciatura en Ciencias Genómicas de la UNAM, nicho académico que disfrutó como una de sus grandes misiones en la vida. Sus alumnos también fueron maestros para él: todo el tiempo lo mantenían inspirado (Figura 5).

Figura 5. Federico como alumno y divulgador.
En su afán de formar científicos, siempre anteponía un enfoque humano; para Federico dirigir un laboratorio era consolidar una familia: con cierta autoridad, con camaradería, respeto mutuo y cordialidad. Su propia familia fue parte importante de este espíritu: Carmen Quinto fue su compañera de vida y su colaboradora académica más cercana; Federico y Andrés, sus hijos, son grandes investigadores y su hija, María José, que no se dedica a la ciencia, siempre fue entusiasta del trabajo de su padre (Figura 6).
Fue director del Centro Internacional de Ciencias, miembro de la Academia Mexicana de Ciencias, presidente de The International Society of Plant-Microbe Interaction, Miembro de la American Society of Plant Biologists y del Sistema Nacional de Investigadores. Recibió múltiples reconocimientos como el Premio Nacional en Alimentos y de manera póstuma, en 2019, la Medalla de Honor del Congreso de Morelos.

Figura 6. La familia Sánchez Quinto: un gran equipo de vida y motivador de su investigación
¿Un árbol que nos cobije en su nombre? Ciencia que germina
Mucho del trabajo que hizo Federico junto con colegas y estudiantes es ciencia básica, pero también compartió con ellos su gusto por diversas disciplinas, incluso deportivas. En sus ratos libres fue un entusiasta cultivador de orquídeas y miembro activo del Orchid Journal Club.
Nunca dejó de imaginar, de proponer experimentos o lanzar ideas para buscar respuestas e inclusive, ¡más preguntas! En sus estudiantes sembró la pasión por la ciencia y el arte; contagiándoles esas ganas de compartir la curiosidad por indagar, ya sea en un aula o en la divulgación científica.
¿Una banca, un seminario, una obra de arte, un artículo o un árbol? Cualquiera de ellos podría recordarnos el entusiasmo y el amor por la ciencia que Federico Sánchez siempre nos mostró. Aun así, los objetos son pasajeros, pero las enseñanzas y los aportes científicos que nos legó un ser humano como él serán eternas (Figura 7).

Figura 7. De regreso al principio: el paso firme de un maestro que iluminó la Biotecnología mexicana.
Lecturas recomendadas
- Cruz Mireles, N. & Zayas del Moral, A. (2016). Federico Sánchez: la historia de un científico enamorado. Biotecnología en Movimiento, (7:23-24). Instituto de Biotecnología, UNAM. https://biotecmov.ibt.unam.mx/services/pdfDownloader.php?id=NyoqXyoqNg==
- López Munguía Canales, A. (2017, 17 abril). Federico Sánchez Rodríguez, un apasionado de la vida. La Ciencia desde Morelos para el Mundo, Academia de Ciencias de Morelos, A.C.[ ](https://acmor.org/articulos-anteriores/federico-s-nchez-rodr-guez-un-apasionado-de-la-vida?utm_source=chatgpt.com)https://acmor.org/articulos-anteriores/federico-s-nchez-rodr-guez-un-apasionado-de-la-vida
- Sánchez Rodríguez, F. E. (2015, 15 mayo). Dr. Federico Sánchez – IBT-UNAM [Entrevista de radio]. En El gusanito. Radio Chinelo.[ ](https://www.mixcloud.com/RadioChinelo/el-gusanito-15-mayo-2015-dr-federico-sánchez-ibt-unam/?utm_source=chatgpt.com)https://www.mixcloud.com/RadioChinelo/el-gusanito-15-mayo-2015-dr-federico-s%C3%A1nchez-ibt-unam/
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Acerca de los autores
Eunice Alejandra Zayas Del Moral es Doctora en Ciencias Biomédicas por la UNAM y profesora de la Licenciatura en Ciencias Genómicas en la UNAM. Nayeli Sánchez Guevara es Bióloga, estudiante de la Maestría en Innovación Educativa y Profesora de Tiempo Completo de la Facultad de Ciencias Biológicas de la UAEM. Yoloxochitl Sánchez Guevara es Doctora en Ciencias Biomédicas y Técnica Académica del Instituto de Biotecnología, UNAM.
Contacto: ezayas@lcg.unam.mx, nayeli.sanchez@uaem.mx, yoloxochitl.sanchez@ibt.unam.mx