Más allá de la báscula: cómo la obesidad confunde a nuestras defensas
Yvonne Rosenstein y Mariana Diupotex
No todas las enfermedades anuncian su llegada con una señal de alarma que nos obliga a acudir al médico. Algunas se desarrollan en silencio, entre comidas rápidas, estrés constante, pocas horas de sueño y rutinas cada vez más sedentarias. En este escenario, el cuerpo va acumulando pequeños cambios que, a simple vista, pueden medirse con números: kilos, talla, índice de masa corporal o centímetros de cintura. Sin embargo, debajo de esos cambios ocurren procesos mucho más complejos que modifican la forma en que nuestro cuerpo responde y utiliza la energía que obtenemos de los alimentos. En otras palabras, la obesidad no es solo acumular “grasa”, sino un problema que altera la comunicación interna del cuerpo y termina por “confundir” a nuestro sistema de protección: el sistema inmune, que además de defendernos frente a virus, bacterias y otros agentes dañinos, repara tejidos y mantiene el equilibrio interno del organismo. Para entender la gravedad de esta batalla interna, basta con mirar lo que ocurre a nuestro alrededor.
El panorama en México: una alarma nacional
El sobrepeso y la obesidad van mucho más allá de la báscula o de la apariencia. En México, 3 de cada 4 adultos viven con alguna de estas condiciones y más de un tercio de los niños en edad escolar ya enfrenta este problema [1]. Estas cifras nos colocan en una emergencia epidemiológica: somos el octavo país con mayor carga de obesidad infantil en el mundo y el segundo entre los adultos de las economías más desarrolladas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), superado únicamente por los Estados Unidos [2].
Esta tendencia es alarmante, ya que aumenta el riesgo de que las nuevas generaciones desarrollen prematuramente enfermedades crónicas, como la diabetes y la hipertensión, que son las principales causas de muerte en el país. Además, el impacto en la juventud trasciende lo físico y se vincula directamente con un bajo rendimiento escolar y problemas de autoestima. El sobrepeso y la obesidad no solo afectan la salud individual de las personas, sino que representan un alto costo económico y social para toda la población.
Rompiendo el mito matemático de la obesidad: más allá de sumas y restas de calorías
Para entender esta crisis, tenemos que dejar de pensar que el sobrepeso y la obesidad son únicamente el resultado de consumir más calorías de las que se queman. El cuerpo no funciona como una calculadora, que contabiliza “calorías que entran y calorías que salen”. El problema es mucho más complejo: además de las decisiones que tomamos, factores biológicos como la genética, las hormonas y el metabolismo influyen en cómo el cuerpo almacena o utiliza la energía. A esto se suman el estrés, la falta de sueño, las preocupaciones, la vida sedentaria y la falta de tiempo para comer adecuadamente, factores que alteran nuestro organismo sin que nos demos cuenta, provocando que subamos de peso incluso sin comer de más.
El tejido adiposo no solo es una reserva de grasa: es un órgano que produce hormonas y libera señales químicas para comunicarse con todo el cuerpo. Sus protagonistas son los adipocitos, células especializadas en almacenar lípidos, pero que también envían mensajes químicos al resto del cuerpo. Junto a ellos, convive un equipo de células del sistema inmune, como las células dendríticas, que detectan señales de peligro y dan la alarma, los linfocitos Th1 y los macrófagos M1, que activan la respuesta inflamatoria. Esta respuesta no es inmediata como la hinchazón que resulta cuando nos astillamos un dedo, sino que es una respuesta donde las células liberan mensajeros químicos como las citocinas para avisar al organismo que existe un problema. Como contraparte, las células T reguladoras y los macrófagos M2, actúan como “moderadores” encargados de frenar las respuestas inflamatorias excesivas, mantener el equilibrio y reparar el tejido (Figura 1).

Figura 1. Los protagonistas microscópicos del tejido adiposo y del sistema inmune (imagen elaborada con la asistencia de ChatGPT/OpenAI).
Metainflamación: el enemigo silencioso
Cuando el tejido adiposo crece en exceso, los adipocitos aumentan en número y en tamaño, entran en estrés por la falta de oxígeno y liberan señales de alerta que el sistema inmune interpreta como una amenaza constante. Como consecuencia, los macrófagos y los linfocitos inflamatorios se acumulan en el tejido y comienzan a producir señales dañinas (Figura 2). Este estado se conoce como metainflamación: un tipo de inflamación crónica de bajo grado que no causa síntomas evidentes al inicio. A diferencia de la inflamación que aparece cuando nos golpeamos o sufrimos una infección, la metainflamación no provoca hinchazón, enrojecimiento ni dolor. Ocurre a nivel microscópico, dentro de los tejidos, especialmente en el tejido adiposo, donde las células del sistema inmunológico permanecen en un estado de alerta continuo. Es como una alarma de incendio que suena muy bajo, pero que nunca se apaga, sobrecargando el cuerpo, debilitando el sistema inmunológico y dañando las células sanas. Así, la metainflamación se convierte en un enemigo silencioso capaz de afectar todo el cuerpo sin que nos demos cuenta.

Figura 2. De vecindario pacífico a zona de conflicto. En personas con peso balanceado (izquierda), los adipocitos presentan un tamaño pequeño y el tejido está poblado por linfocitos T reguladores y macrófagos M2, que controlan la inflamación y mantienen la armonía del vecindario. En contraste, en condiciones de obesidad (derecha), los adipocitos crecen en exceso, falta oxígeno y entran en estrés. En este entorno, se acumulan grandes cantidades de linfocitos Th1 y macrófagos M1, desencadenando la metainflamación (imagen elaborada con la asistencia de ChatGPT/OpenAI).
Con los años, el impacto de la obesidad se vuelve cada vez más evidente. La metainflamación puede causar problemas metabólicos, es decir, alteraciones en cómo el organismo obtiene, almacena y utiliza la energía. Una de las alteraciones más comunes es la resistencia a la insulina, una condición en la que las células dejan de responder adecuadamente a esta hormona, lo que dificulta el control de los niveles de azúcar en la sangre. Como consecuencia, aumenta el riesgo de desarrollar diabetes, enfermedades cardiovasculares, trastornos autoinmunes y ciertos tipos de cáncer. Además, puede afectar la cicatrización, modificar la respuesta a las vacunas y asociarse con alteraciones del bienestar emocional, como la ansiedad o la depresión (Figura 3).

Figura 3. El efecto dominó de la obesidad. La obesidad va mucho más allá del peso corporal. Puede provocar alteraciones metabólicas, cardiovasculares, respiratorias, hormonales e inmunológicas que incrementan el riesgo de múltiples enfermedades y complicaciones (imagen elaborada con la asistencia de ChatGPT/OpenAI).
Además, ¡la obesidad tiene memoria! Algunos estudios indican que el tejido adiposo y algunas células inmunes pueden conservar marcas químicas en su ADN, un fenómeno conocido como memoria epigenética. Estas marcas indican a las células qué genes activar o mantener apagados para realizar sus funciones, sin modificar la secuencia del ADN [3]. Lo sorprendente es que algunas de éstas pueden persistir durante años, incluso después de perder peso. Esto podría ayudar a explicar por qué algunas personas recuperan rápidamente el peso perdido, el llamado “efecto rebote”, ya que sus defensas y las células grasas siguen respondiendo como si aún estuvieran en condiciones de obesidad, facilitando que el cuerpo vuelva a almacenar grasa en exceso. Al final, la obesidad puede hacer que el sistema inmunológico funcione como un director de orquesta desincronizado: las señales que deberían protegernos comienzan a sonar fuera de ritmo y mantienen al cuerpo en un estado de alerta que, poco a poco, rompe su equilibrio.
La mancuerna dieta y microbiota: ¿nuestro aliado o enemigo?
El tejido adiposo no es el único lugar donde se encienden señales de alerta. Otro actor clave se encuentra en el intestino: la microbiota, una comunidad de bacterias encargadas de mantener en equilibrio a nuestro sistema digestivo. Cuando nuestra alimentación es variada y rica en fibra, como ocurre con el consumo de frutas, verduras, leguminosas y cereales integrales, esta comunidad bacteriana es diversa y funcional. Nos ayuda a digerir ciertos componentes de los alimentos, produce sustancias beneficiosas y fortalece la barrera intestinal, que actúa como una capa protectora entre el intestino y el resto del cuerpo.
El problema surge cuando consumimos poca fibra y muchos alimentos ultraprocesados ricos en grasas, azúcares, aditivos artificiales y sodio. La falta de fibra provoca que las bacterias beneficiosas pierdan su principal fuente de alimento y disminuyan, mientras que otros microorganismos menos beneficiosos aumentan, alterando el equilibrio de la microbiota en un fenómeno conocido como disbiosis. Como consecuencia de este desequilibrio, se producen menos compuestos protectores, como los ácidos grasos de cadena corta; se debilitan las uniones entre las células del intestino y la barrera intestinal pierde su integridad, lo que permite el paso de sustancias dañinas al torrente sanguíneo y, de ahí, a otras partes del cuerpo. En particular, algunas moléculas bacterianas potencialmente dañinas (como las endotoxinas), o inclusive pedazos de bacteria logran filtrarse y son reconocidas como señales de peligro por las células dendríticas, que actúan como centinelas y, disparan una respuesta inflamatoria que atrae y acumula más células del sistema inmune, alimentando el fuego de la metainflamación (Figura 4).

Figura 4. Fibra o ultraprocesados: tú decides. Una dieta balanceada, rica en fibra, alimenta a las bacterias beneficiosas del intestino y favorece la producción de ácidos grasos de cadena corta que ayudan a mantener la barrera intestinal. En cambio, los alimentos ultraprocesados promueven la disbiosis de la microbiota, debilitan la barrera intestinal y activan células efectoras inflamatorias, lo que favorece la metainflamación (imagen elaborada con Biorender.com y asistencia de ChatGPT/OpenAI).
Inmunometabolismo: el motor que impulsa a las células y su combustible
Para cumplir sus diferentes funciones, las células del sistema inmune necesitan energía. No todas las células utilizan la misma fuente de energía. Aquí entra en juego el inmunometabolismo, un campo de la ciencia que estudia cómo las células inmunes usan los nutrientes para obtener la energía que requieren y así llevar a cabo sus tareas específicas.
Así como un auto de carreras y un camión usan motores y combustibles diferentes, cada tipo de célula tiene su propio metabolismo según la tarea que debe realizar. Cuando las células T efectoras o los macrófagos M1 necesitan activarse rápidamente para hacer frente a una amenaza, encienden la glucólisis, un proceso mediante el cual la célula descompone rápidamente grandes cantidades de glucosa para obtener energía inmediata, aunque de forma poco eficiente. En cambio, las células moderadoras, como los macrófagos M2 y las células T reguladoras, operan con una estrategia a largo plazo, enfocada en la resistencia, la estabilidad y la moderación. Por eso prefieren un motor más pausado y eficiente, basado en la oxidación de grasas, un proceso en el que los ácidos grasos sirven como fuente de energía, y en la respiración mitocondrial, que ocurre dentro de las mitocondrias, las “centrales energéticas” de la célula, donde los nutrientes se transforman en energía de manera sostenida. Gracias a estos procesos, las células moderadoras mantienen su función durante más tiempo (Figura 5).

Figura 5. Lo que comes determina cómo actúan tus defensas. La dieta no solo alimenta al cuerpo, sino que también influye en el metabolismo de las células inmunes. Una dieta balanceada ayuda a mantener un entorno metabólico más estable, asociado con funciones regulatorias y un equilibrio inmunológico, mientras que los alimentos ultraprocesados favorecen picos de glucosa que desencadenan respuestas rápidas e inflamatorias (imagen elaborada con Biorender.com y asistencia de ChatGPT/OpenAI).
La clave está en cómo la dieta alimenta a esos motores. La glucosa de una dieta balanceada, acompañada de fibra y otros nutrientes, se libera de forma gradual y favorece un ambiente metabólico más estable. En cambio, la glucosa que llega a partir de refrescos, dulces y otros alimentos y bebidas ultraprocesadas se absorbe rápidamente y provoca picos repetidos de glucosa en la sangre. Cuando esto ocurre de manera constante, se desencadena la metainflamación, favoreciendo el sobrepeso y la obesidad. Al final, este entorno hostil termina modificando el metabolismo normal de las propias células inmunes.
Romper el ciclo: cómo revertir la metainflamación
La buena noticia es que la metainflamación no tiene por qué mantenerse encendida para siempre. El sistema inmune tiene una gran capacidad de adaptación, y pequeños cambios sostenidos en la alimentación y en el estilo de vida pueden ayudar a reducir esa inflamación silenciosa que acompaña al sobrepeso y la obesidad. Caminar todos los días, aumentar el consumo de verduras, frutas y leguminosas, beber más agua simple y disminuir el consumo de refrescos y productos ultraprocesados son acciones sencillas que transforman gradualmente el ambiente interno del cuerpo.
Cuando ocurre ese cambio, no solo disminuye la grasa corporal. También se reduce la cantidad de señales de alarma del tejido adiposo, la microbiota intestinal recupera parte de su equilibrio y las células del sistema inmune vuelven a trabajar de manera más coordinada. Poco a poco, el cuerpo deja de vivir en un estado de alerta constante y recupera su capacidad para regular esa metainflamación tan perniciosa.
La constancia es clave. No se trata de dietas extremas ni de soluciones rápidas, sino de hábitos que ayuden al organismo a salir de ese círculo vicioso de metainflamación, desajuste metabólico y daño progresivo. Disminuir la inflamación no significa solo bajar de peso, sino también reducir el riesgo de enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión y enfermedades cardiovasculares.
Al final, más allá de la báscula, cuidar lo que comemos, movernos más y mantener hábitos saludables significa darle al cuerpo la oportunidad de recuperar su equilibrio y su salud. Es ayudar a nuestras defensas a salir de esa condición en la que nada te duele, sin embargo, tu cuerpo detecta que no estás tan bien como deberías.
Referencias
- Lazcano, E. y Shamah, T. (2023). La salud de los mexicanos en cifras: resultados de la Ensanut 2022. https://insp.mx/informacion-relevante/la-salud-de-los-mexicanos-en-cifras-resultados-de-la-ensanut-2022
- Global Obesity Observatory (2026). World Obesity Atlas 2026, Childhood Obesity 2nd edition. London: World Obesity Federation. https://data.worldobesity.org/publications/?cat=24
- Campos-Nonato, I., Galván-Valencia, O., Hernández-Barrera, L., Oviedo-Solís, C., & Barquera, S. (2023). Prevalencia de obesidad y factores de riesgo asociados en adultos mexicanos: resultados de la Ensanut 2022. Salud Publica Mex, 65: s238-s247. https://doi.org/10.21149/14809
- Martínez-Levy, G. A., & Jiménez-Aguilar, C. M. (2026). Frecuencias del pasado: Sintonizando las marcas del estrés en el genoma y como resuenan en la salud mental. Biotecnología en Movimiento. (44) https://biotecmov.ibt.unam.mx/numeros/44/10.html
- Elizalde- Rodríguez, I., Hernández, D. y Silva-Herzog, E. (2023). El microbioma humano en la coyuntura entre la salud y la enfermedad. Revista Ciencia, 74(3): 62-69. https://www.amc.edu.mx/revistaciencia/index.php/vol-74-numero-3/352-novedades-cientificas/1037-el-microbioma-humano-en-la-coyuntura-entre-la-salud-y-la-enfermedad
Lecturas recomendadas
- Kaufer-Horwitz, M. & Pérez Hernández, J. F. (2022). La obesidad: aspectos fisiopatológicos y clínicos. Inter disciplina, 10(26): 147-175. https://doi.org/10.22201/ceiich.24485705e.2022.26.80973
- Vega-Robledo, G. y Rico-Rosillo, M. (2019). Tejido adiposo: función inmune y alteraciones inducidas por obesidad. Revista Alergia México, 66(3): 340-353. https://doi.org/10.29262/ram.v66i3.589
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Acerca de los autores
La Dra. Yvonne Rosenstein es Investigadora Titular C del Departamento de Medicina Molecular y Bioprocesos del Instituto de Biotecnología de la UNAM. Su trabajo se centra en estudiar los mecanismos moleculares que controlan la función de las células del sistema inmunológico, en particular, la participación de las moléculas co-receptoras en la activación y regulación de la respuesta inmune. La Dra. Mariana Diupotex es bióloga egresada de la Facultad de Ciencias de la UNAM y doctora en Ciencias Biomédicas por esta misma institución. Actualmente realiza una estancia posdoctoral en el Instituto de Biotecnología de la UNAM, donde su línea de investigación se centra en el estudio de los mecanismos de regulación inmunológica mediados por moléculas correceptoras en contextos infecciosos y neoplásicos.
Contacto: yvonne.rosenstein@ibt.unam.mx; mariana.diupotex@ibt.unam.mx