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¿Dónde aparecerá el próximo virus? Detectar hoy las epidemias del mañana

Rodrigo García López


Cada año recibimos noticias sobre nuevos brotes de enfermedades causadas por virus en alguna población del planeta. Pero, ¿han ido las enfermedades víricas en aumento o son acaso tan comunes? Y más importante, ¿estamos haciendo algo para prevenir el surgimiento de nuevas enfermedades? Está claro que no todos estos patógenos llegan a nuestro país, aunque sí a los titulares de noticias y redes de comunicación. Notas recientes sobre enfermedades emergentes están construidas para remitirnos a tiempos de la pandemia de COVID-19 (2020-2023), una enfermedad que marcó un antes y después en cómo hacemos frente a enfermedades infecciosas emergentes. Sin embargo, más allá del entretenimiento ocioso que enajena la imaginación colectiva, hay valiosas lecciones que podemos aprender sobre los virus y cómo es que está cambiando su vigilancia.

Tan sólo en la primera mitad del año 2026 nos llegaron cuatro historias globales sobre virus (Figura 1). En enero tuvimos la de aquella supuesta “supergripe”, una variante particularmente escurridiza, aunque no más grave, de un virus de influenza (gripe) estacional (especie Alphainfluenzavirus influenzae subtipo H3N2), que podía escapar un poco mejor a la respuesta inmune humana comparada con aquellas variedades contempladas en la vacuna anual. Más tarde, supimos de la muy real amenaza de dejar de ser país libre de sarampión endémico. El brote, ahora en remisión, representa la primera vez desde los 90s que veíamos un brote sostenido de este virus (especie Morbillivirus hominis o virus del sarampión). La causa aparente: el virus encontró en el continente americano y parte de Europa el caldo de cultivo perfecto en una población que ha olvidado la importancia de vacunarse [1].

Para abril seguimos de cerca el viaje en un crucero transatlántico, de Argentina a las islas Canarias, de un hantavirus (especie Orthohantavirus andesense, un virus de roedores relativamente poco estudiado, pero de alta letalidad). Siendo un virus de difícil transmisión entre humanos, la Organización Mundial de la Salud (OMS) llamó a la calma, al tiempo que se debatía sobre cómo rastrear a los pasajeros del crucero tras la cuarentena.

Y aún más recientemente, nos cuestionamos el impacto del mundial del fútbol debido a un importante brote centroafricano del Ébola, una de las enfermedades más agresivas conocidas en humanos. El problema es que este brote congoleño pasó sin detección durante más de un mes debido a que en realidad el virus es de la especie Orthoebolavirus bundibugyoense (causante de la enfermedad por virus de Bundibugyo o EVB, una variante menos común de la enfermedad del Ébola) y está genéticamente distante de la especie más usual: Orthoebolavirus zairense, que es para la que están diseñadas las vacunas actuales, una situación por demás complicada, pero empeorada por la migración forzada causada por la guerra local al este de la República Democrática del Congo, dónde se ha dado el brote.

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Figura 1. Los brotes víricos en 2026 corresponden a eventos independientes causados por distintos virus (imagen generada por el autor con Chat GPT).

Lo que hay que saber de cada caso es que la influenza tuvo un periodo estacional invernal fuerte, pero al igual que cada año, acabó al llegar la primavera. El brote de hantavirus fue de una especie que se transmite entre humanos, pero de manera muy poco efectiva, por lo que, aunque mediático, no se dispersó mucho más allá del grupo original de pasajeros del barco y los casos fueron vigilados por la OMS. El sarampión es un virus muy infeccioso pero erradicado en México en 1995, eso es, que no hay casos surgidos localmente. Aunque la mayor parte de las personas de 40 años o más tiene inmunidad por vacuna o natural frente al sarampión, el brote actual, importado de Estados Unidos, avanzó rápidamente en las poblaciones más jóvenes, donde la tasa de vacunación ha bajado.

En el caso del brote de Ébola, o más bien EVB (pues se trata de un virus diferente) es un poco más complicado por la situación de Ituri, el área de la República Democrática del Congo donde se confirman más casos. Se trata de una zona remota, lejos de Kinshasa, la capital, y es una zona poco conectada, lo que complica que se disperse tan fácilmente (aunque está más cerca la capital ugandesa, Kampala). Si bien el problema local es grave, con más de 3000 casos confirmados por la OMS, el riesgo de contagio por el mundial de fútbol se mantuvo bajo. Primero, porque el equipo congoleño completo juega en Europa, desde donde partió a EUA. Por otra parte, se dio un aislamiento de la zona de Ituri, zona de pobreza extrema aislada por selva que además atraviesa actualmente una guerra civil local. La transmisión de la EVB suele darse de personas infectadas a aquellas que las cuidan o quienes manipulan físicamente los cuerpos (los ritos funerarios son por tanto un foco importante). La OMS sigue coordinando la respuesta para controlar los brotes.

No todos los virus son de temer

Aunque espaciados por apenas unos pocos meses, los brotes antes mencionados han sido eventos completamente independientes. Pese a ello, tienen en común el haber sido causados por diferentes virus de origen zoonótico. Esto es, virus que proceden de un animal no-humano, frecuentemente de mamíferos pequeños como murciélagos (ébola, coronavirus) o ratones (hantavirus), que son reservorios naturales y con los que convivimos. Otras veces proceden de animales de granja como vacas (el virus del sarampión actual es un virus de humano, pero hace mucho tuvo origen bovino) o los pollos (origen de influenzas aviares que ocasionalmente llegan a infectar a humanos). Pese a ello, gran parte de los esfuerzos epidemiológicos se destinan a estudiar y tratar de contener enfermedades humanas con impacto directo en lo social o económico, mientras que los brotes zoonóticos menos comunes son menos estudiados.

La lección de esto es que los virus son parte natural de todos los ecosistemas y la mayoría no son nocivos para los humanos, pero aumentamos el riesgo por la exposición a animales. Virus hay en todos los rincones del planeta, aún en los ambientes más extremos, en cualquier lugar en donde se encuentren organismos vivos, ya que los hay especializados en hongos, plantas, animales, y por supuesto, en microorganismos. En una lección de humildad, podemos reconocer que, de hecho, la gran mayoría de los virus que existen en la naturaleza pueden ser clasificados como bacteriófagos, depredadores naturales de bacterias, que mantienen las poblaciones bacterianas a raya, pero no pueden infectar a humanos. La existencia de algunos es incluso esencial, pues su proliferación supone la liberación de nutrientes y compuestos (del interior de las células bacterianas), que regresan a estar biodisponibles. Pese a ello, algunos bacteriófagos son un riesgo muy real para procesos biotecnológicos que dependen de bacterias, como la producción de quesos y vinos, biocombustibles o biopolímeros.

El efecto mariposa

Por su parte, varios de los ancestros de los virus zoonóticos humanos tienen miles o incluso millones de años circulando silenciosamente en animales silvestres, muchos de ellos tan bien adaptados a su hospedero, que coexisten sin causar apenas afectaciones. De forma natural, los virus contribuyen a equilibrios tan importantes como es la selección y mantenimiento del tamaño en las poblaciones bacterianas, de parásitos celulares microscópicos, así como de hongos, plantas y animales (donde nos incluimos los humanos). Así, cuando aumenta una población de hospedadores, también lo hace su población de virus asociados. Como resultado, los virus participan en lo que podría considerarse una carrera armamentística donde la evolución de los virus genera que éstos eviten su detección y los sistemas de defensa de su hospedador, al tiempo que el sistema inmune o mecanismos de defensa del hospedador se adaptan a “cazar” mejor los virus (el propio sistema inmune humano es tan sólo un ejemplo de ello).

Como producto de la acción humana, la alteración de hábitats (deforestación, expansión agrícola o urbanización) reconfigura los equilibrios ecológicos, lo cual se traduce en el desplazamiento de la fauna silvestre. Humanos y animales silvestres comienzan a compartir espacios antes separados, lo cual favorece la coexistencia con animales que son reservorios de virus, incrementando así la probabilidad de un salto zoonótico que puede derivar en la aparición de nuevas enfermedades en las poblaciones humanas y en algunos casos a la adaptación del virus a transmitirse entre individuos de una nueva especie animal (como el humano). Así, recordando el efecto mariposa (Figura 2), donde cambios aparentemente menores, como la construcción de nuevos asentamientos en zonas forestales al otro lado del mundo, pueden hacer olas que se amplifican hasta desencadenar consecuencias inesperadas, como el surgimiento de una nueva pandemia. El clima también contribuye, ya que el incremento global de la temperatura y los cambios en patrones de lluvias, favorecen la proliferación de insectos vectores como mosquitos (que pueden llevar al virus del dengue, de Chikungunya, o del Zika) y garrapatas (virus de fiebre por garrapatas de Colorado, por ejemplo). A esto hay que sumar los cambios en las temporadas y patrones de migración y reproducción de otros animales que pasan a ser vectores potenciales, donde antes no existían. Cuando estos equilibrios ecológicos se alteran, los efectos no se quedan confinados a una sola especie o ecosistema.

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Figura 2. El efecto mariposa se refiere en este caso a perturbaciones aparentemente menores en ecosistemas de una parte del mundo, pueden amplificarse hasta terminar afectando la salud humana global (imagen generada por el autor con Chat GPT).

Afortunadamente para la humanidad, la mayor parte de los virus que se conocen son parásitos altamente especializados en infectar un tipo específico de célula y hospedero. Así, la mayoría de las veces que entramos en contacto con virus de otros organismos, éstos no consiguen acceder al interior de nuestras células. Incluso en el evento raro en que se dé un salto zoonótico efectivo, la mayoría de las veces no termina llevando a un brote epidémico. Para que esto suceda, se necesita una segunda adaptación del virus: la posibilidad de transmitirse de humano a humano, al grado de poder sostener una transmisión comunitaria.

Así que, resumiendo, sí hay un aumento neto en las enfermedades emergentes por factores ecológicos, meteorológicos y sociales, no todas en nuestro control. Sin embargo, entender estas conexiones es importante porque el problema ya no consiste en seguir la pista de un único patógeno. En un mundo cada vez más interconectado, cientos de virus circulan simultáneamente entre personas, animales y ecosistemas. La pregunta es ¿cómo encontrarlos a tiempo?

De buscar uno a vigilar cientos

La epidemiología es una rama fundamental de la salud pública que continúa evolucionando (Figura 3). Estudia cómo se distribuyen y propagan las enfermedades en una población en un momento dado. Durante la mayor parte del siglo XX se centró en rastrear las transmisiones paciente a paciente, a partir de pruebas de diagnóstico clínico, para la identificación de manera individual de patógenos conocidos (virus, bacterias, hongos o parásitos unicelulares).

Sin embargo, con la adopción de pruebas basadas en secuencias genéticas se ha conseguido obtener información adicional y precisa sobre los patógenos, en muchos casos obviando la necesidad de cultivarlos previamente. La pandemia de COVID-19 fue un parteaguas en el monitoreo de enfermedades, pues empujó a países en todo el mundo a incorporar lo que se llama “vigilancia genómica”. Esta no sólo estudia fragmentos pequeños de genes (como es habitual para la influenza estacional, por ejemplo) sino que estudia genomas enteros (todo el material genético del virus) y que incluso logra distinguir cuando variantes del virus tienen sólo unas pocas mutaciones de diferencia. Este esfuerzo dio lugar a un sistema de vigilancia global que logró compartir, durante más de tres años, datos en tiempo real, transformando profundamente la forma en la que entendemos la transmisión de las enfermedades infecciosas. Por primera vez a nivel global, el enfoque de la vigilancia epidemiológica ya no sólo era decir si estaba presente o no el virus, sino estudiar su material genético finamente, para decir cuáles mutaciones podrían darle una ventaja evolutiva.

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Figura 3. Cambio de paradigma en la epidemiología. Apoyada de tecnologías emergentes, la vigilancia actual tiene un enfoque más global y con mayor alcance (imagen generada por el autor con Chat GPT).

Así se trabajó en el Instituto de Biotecnología (IBt) de la UNAM como parte del Consorcio mexicano de Vigilancia Genómica (CoViGen-Mex) durante la pandemia (ver https://www.facebook.com/CoViGenMex). Pasamos a estudiar al SARS-CoV-2, no como un virus único y estático, sino como un agente altamente adaptable que fue ganando, a través de mutaciones, funciones de evasión inmune y adaptando su capacidad de infección a una población cada vez más protegida (vacunas y tratamientos hicieron una gran diferencia). Sin embargo, lo que comenzó como una respuesta a una emergencia a la COVID-19, terminó transformando la capacidad global para monitorear los patógenos [2]. De acuerdo con la OMS, 60 países desarrollaron capacidad para secuenciar el SARS-CoV-2 durante la pandemia, pasando de 103 países en febrero de 2021, a 163 de los 194 países miembros de la OMS en diciembre de 2022.

Otro gran cambio que se consolidó como consecuencia de la pandemia de COVID-19, vino de una idea aparentemente sencilla: si los virus salen del cuerpo humano a través de fluidos y heces, también terminan en nuestros sistemas de drenaje y es posible estudiarlos a través de su material genético. Este tipo de vigilancia es el resultado de más de 100 años de avances científicos sobre la transmisión de enfermedades a través de aguas residuales y fue una herramienta clave para supervisar el avance de la erradicación de la poliomielitis a nivel mundial. La pandemia de COVID-19 supuso el primer esfuerzo generalizado para incorporar estos sistemas de forma rutinaria y generalizada, y es el enfoque de la vigilancia epidemiológica a partir de aguas residuales (VEAR) que trabajamos en el IBt desde 2024 [3].

La VEAR es una herramienta con mucho potencial para complementar la vigilancia clínica tradicional. En lugar de analizar a cada persona de forma individual, es posible realizar la detección directamente de una muestra de agua, que integra los desechos de miles o incluso millones de habitantes. De esta forma, la escala se vuelve poblacional y ya no depende únicamente de la capacidad de los sistemas de salud o de que la gente que se sabe enferma acuda a la clínica. Se vuelve una herramienta diagnóstica de poblaciones enteras, capaz de detectar cambios de tendencia globales y, en ocasiones, anticiparse a su detección clínica.

Quizás la lección más importante de los recientes brotes a los que nos estamos enfrentando como humanidad en la actualidad (2026), es que no podemos saber cuál enfermedad será la siguiente en emerger o regresar. Por ello, nuestro enfoque en el IBt propone una nueva forma de vigilancia que mira un paso más allá, hacia la metagenómica [4]. Esto se refiere a estudiar simultáneamente el material genético de todos los microorganismos presentes en una muestra, tal como una fotografía completa de una comunidad microscópica. El microcosmos del agua residual es de hecho un nicho megadiverso donde confluyen todo tipo de microorganismos, incluidos, pero no exclusivamente, los patógenos humanos.

Estamos comenzando a dejar atrás la idea de buscar un único patógeno específico, en favor de adoptar búsquedas simultáneas de los cientos o miles de microorganismos que circulan en las poblaciones humanas. Este es otro aspecto en el que la VEAR puede unirse con nuevos desarrollos científicos y tecnológicos. Hoy, las mismas tecnologías desarrolladas y perfeccionadas durante la pandemia permiten buscar virus respiratorios, gastrointestinales, bacterias resistentes a antibióticos y otros agentes infecciosos a partir de una misma muestra. En lugar de buscar un virus patógeno específico, comenzamos a preguntarnos qué está ocurriendo en toda una comunidad biológica. Y esa perspectiva nos acerca cada vez más a una visión integral de la salud que incluye no sólo a las personas, sino también a los animales y al ambiente que compartimos.

Hacia un enfoque de “Una Salud”

Más allá de lo mediático, los recientes brotes de virus en el mundo nos recuerdan que vivimos en un mundo interconectado, donde un virus en la Patagonia puede alcanzar Canadá y Sudáfrica en cuestión de semanas (hantavirus), o donde los conflictos sociales son el principal motor de la dispersión de una enfermedad, aún sin vacuna (ébola de Bundibugyo). Incluso virus típicamente de humanos, como la influenza estacional y el sarampión, logran causar nuevos brotes importantes cuando relajamos la vacunación y los cuidados como el aislamiento de casos o la protección a personas más susceptibles (el efecto se ha visto en todo el mundo en 2026).

Recomendaciones tan sencillas como tomarnos unos días fuera de circulación para descansar y reposar, pueden reducir enormemente los contagios, sobre todo es una forma de cuidado a personas susceptibles, que también son nuestra responsabilidad. Y aún más allá, el contacto con especies silvestres de animales y sus virus aumenta el riesgo zoonótico por la invasión a sus hábitats.

Con el acelerado tránsito humano en el mundo, ya no es posible seguir estudiando las enfermedades sólo como problemas antropocéntricos aislados, donde el estudio de un brote se centre en los pacientes, hospitales y microorganismos específicos. Cada vez resulta más necesario abordarlo como un problema de “Una Salud” [5], un enfoque que estudia la salud humana, animal y ambiental como tres ejes profundamente interconectados (Figura 4). Mientras no atendamos la situación de animales silvestres o domésticos y ambientales, seguimos en riesgo de repetir los mismos errores que llevaron -en primer lugar- al surgimiento de enfermedades zoonóticas. Necesitamos dejar de apostar por modelos reactivos de acción, hacia enfoques predictivos de los patógenos emergentes, para entender las comunidades microbianas de las que forman parte los virus y los ecosistemas que propician estos saltos zoonóticos.

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Figura 4. El enfoque de Una Salud es promovido por la OMS para abordar el problema de las enfermedades infecciosas con un enfoque multidisciplinario (imagen generada por el autor con Chat GPT).

Las aguas residuales y la VEAR representan uno de los mejores ejemplos de esta nueva perspectiva, que consiste en analizar la huella ecológica comunitaria de una población a través, en este caso, de los microorganismos y sus virus, como manifestaciones de procesos más amplios y con impacto no sólo local. Comprender el complicado entramado de esta red de interacciones tal vez no elimine el riesgo de nuevas epidemias, pero nos ayudará a detectarlas antes y responder de manera inteligente a futuros retos sanitarios en un mundo hiperconectado.

Los virus sin duda seguirán apareciendo en los titulares, ya que su mundo sigue siendo bastante incomprendido. Sin embargo, es también una oportunidad para cambiar el enfoque con el que abordamos los retos de salud pública. Desde la vigilancia genómica hasta la vigilancia epidemiológica de aguas residuales, continuaremos desarrollando nuevas y mejores formas de detectar brotes víricos de forma oportuna y adelantarnos a posibles crisis. Aprender a buscarlos, entender por qué aparecen y vigilar las conexiones entre personas, animales y ambiente, será una de las tareas más importantes de la salud pública en el futuro próximo.

Referencias

  1. Reynaud, E. (2025). El último cavernícola está preocupado. Biotecnología en Movimiento. Núm. 42(1). https://biotecmov.ibt.unam.mx/numeros/42/1.html
  2. Taboada y Zárate. (2025). El papel de la bioinformática en la lucha contra los virus. Biotecnología en Movimiento. Núm. 40(3). https://biotecmov.ibt.unam.mx/numeros/40/3.html
  3. García-López R. (2025). Aguas negras: un ecosistema complejo que nos ayuda a anticipar epidemias. Academia de Ciencias de Morelos. En https://acmor.org/publicaciones/aguas-negras-un-ecosistema-complejo-que-nos-ayuda-a-anticipar-epidemias
  4. Martínez, L. y Millán K. (2024). Un laboratorio navegante para descifrar los misterios de bacterias marinas. Biotecnología en Movimiento. Núm. 38(4). https://biotecmov.ibt.unam.mx/numeros/38/4.html
  5. Chávez-Jacobo, V., Nava-Galeana J. y Bustamante, V. (2024). Antibióticos en animales: el impacto invisible en nuestra salud. Biotecnología en Movimiento. Núm. 39(6). https://biotecmov.ibt.unam.mx/numeros/39/6.html

Lecturas recomendadas

  1. Crawford, D. H. (2011). Virus: una breve introducción (Ed. Español). Alianza Editorial. 232 páginas. Ofrece una exploración sobre la naturaleza, replicación e interacción de los virus con las células humanas, abarcando desde epidemias históricas como la viruela hasta amenazas modernas como el VIH y el Ébola. El texto analiza el impacto de los cambios globales en la aparición de nuevos patógenos, el papel del sistema inmunitario, la importancia de las vacunas y el rol evolutivo de los virus. Versión digital comercial: https://www.amazon.com.mx/Virus-Dorothy-H-Crawford-ebook/dp/B08D6Z86JP.
  2. Quammen, D. (2013). Contagio: La evolución de las pandemias (Ed. Español). Debate. 624 páginas. Es una crónica científica y de investigación que explica cómo los virus zoonóticos desencadenan crisis globales de salud. El autor viaja a lugares como cuevas en China, selvas en África y laboratorios de alta seguridad para rastrear el origen de patógenos letales como el VIH, el Ébola, el SARS y el Hendra. Combina el suspenso con el rigor del periodismo científico para advertir cómo la destrucción de ecosistemas y la sobrepoblación aceleran inevitablemente la llegada de la próxima gran pandemia. Versión digital comercial: https://www.amazon.com.mx/Contagio-evoluci%C3%B3n-pandemias-David-Quammen-ebook/dp/B086RX2MQY.
  3. Organización Panamericana de la Salud. (s.f.). Una Salud: un enfoque integral para enfrentar amenazas sanitarias. Organización Panamericana de la Salud. Consultado el 1 de junio de 2026 en https://www.paho.org/es/una-sola-salud

Descargo de responsabilidad

Sobre las figuras: Ilustraciones elaboradas alimentando ChatGPT/OpenAI con información científica y posteriormente curadas por el autor para asegurar su precisión científica.



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Acerca de los autores

Rodrigo García López estudió la Licenciatura en Ciencias Genómicas en la UNAM-Morelos. Obtuvo la Maestría en Biología Molecular, Celular y Genética y el Doctorado en Biotecnología, en la Universidad de Valencia (España). Durante la pandemia de COVID-19 participó activamente en la vigilancia del virus SARS-CoV-2 analizando genomas como parte del Consorcio Mexicano de Virología (CoViGen-Mex). Desde 2024 es investigador en el Instituto de Biotecnología de la UNAM donde desarrolla investigaciones sobre metagenómica y vigilancia epidemiológica de virus a través de aguas residuales.

Contacto: rodrigo.garcia@ibt.unam.mx


Agradecimientos: A CoViGen-Mex y a los proyectos SECIHTI CBF-2025-I-272 y PAPIIT IA200525.


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